La enfermedad de barra brava se está consumiendo al país
Discúlpeme, apreciado lector, por
un título tan frontal y tal vez hasta grotesco. Grotesco no por los
calificativos —pues quien persiga al uno o se identifique con el otro debería
sentir un orgullo absoluto— sino por la crudeza de la realidad del entorno que
se describe.
Hemos arrancado un nuevo año y,
con este título, pretendo llamar su atención, pero sobre todo invitarlo a la
reflexión. Un país no puede condicionarse, bajo el argumento de la
"tibieza", a encarrilarse en dos posturas que están acabando con el Ecuador.
Ya sé que usted empezará a lanzar adjetivos, sea para el uno o para el otro,
pero pretendo hablarle a su conciencia, a su pragmatismo y a su profundidad
cotidiana; esto último, sobre todo.
El ciudadano común, al igual que
usted o yo, vive en una constante incertidumbre. Para ser prácticos, poco o
nada le interesa quién defiende al uno o ataca al otro, porque siente que,
institucionalmente, ambos en el ejercicio del poder le complican la vida
diaria.
No soy médico, pero entiendo que
una epidemia se propaga con rapidez; así es la efervescencia del
"anti". También entiendo que una pandemia es fruto de esa rapidez que
ha consumido, en algún momento, a una mayoría. Hoy no quiero enfocarme en la
"enfermedad" en sí, porque la hinchada y la férrea defensa de un
grupo o de su antagonista se diagnostican simplemente como una fanaticada
enferma. Excluyo, por supuesto, a quienes han demostrado conocer y defender lo
ideológico con coherencia.
Le propongo una solución. El
ánimo es fundamental, así que, primero: sin desconocer su existencia, dejemos
de alimentar la enfermedad mencionándola a cada instante. Segundo: consuma una
dieta sana de información; busque la verdad y no sea un replicador de fake
news o de arengas burdas en defensa de A o B. Tercero: haga ejercicio; el
ejercicio diario de plantear, compaginar e identificarse con una solución
distinta y totalmente independiente de la patología política actual (una
tercera vía).
Por último, acuda al médico —un
profesional cercano y cotidiano— porque, como me dijeron en algún momento:
"así como un médico sana el cuerpo, solo un político formado salva al
cuerpo social" (un proyecto, no un caudillo). Para lo primero no se busca
a un fanfarrón y, para lo segundo, tampoco a alguien que niegue ser político.
Para terminar, auméntele el
sufijo (ista) al 'pro' y al 'anti' y entenderá cómo lo
escrito cobra total sentido. Esta enfermedad de barra brava se está consumiendo
al país.
¡Buen día!



Comentarios
Publicar un comentario