Cómo no sucumbir ante el noboísmo sin recaer en el correísmo
En épocas de cerrar ciclos y
encaminar valiosos propósitos de año nuevo, sírvase, estimado lector, brindarme
breve atención.
Esta reflexión no ha sido
encaminada ni por el político más tradicional ni por el ciudadano más común,
porque ambos comparten más de coyuntura de lo que cualquiera cree. Ambos han
sucumbido: sea en la emocionalidad o al interés muy particular y de la razón
propia.
Para este momento, algunos fueron
conquistados por bonos y conductas populistas desde la nostalgia o desde el
pragmatismo actual, y otros han sucumbido al ideario de oposición de que el
otro es malo y corrupto, y hay que oponerse como muletilla naturalizada.
Pero vamos aquí al énfasis de
este título, la clave: dejar el fanatismo a un lado, que la barra brava sea
para el país, y no casarse ni con morados ni turquesas. Es un momento más que
oportuno para darle oportunidad a un proyecto formal, de base, como el de barro
ecuatoriano de los años 80.
Porque ser gobierno nunca puede
ser un propósito, siempre debe ser tan solo camino; el propósito, desde ya, es
cambiar el país y sus estructuras de desigualdad. Desde esa génesis es
fundamental hacerlo desde la centro-izquierda para proporcionar justicia
social, y de manera obligada, ese tejido debe poseer democracia para garantizar
las libertades.
Que el timón izquierdista
democrático guíe y se embarquen en él todo matiz de pluralismo, en pro de la
igualdad y el desarrollo de las futuras generaciones.



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